La primera persona puede acercar un ensayo al lector, hacer explícita una posición intelectual o mostrar el recorrido que conduce hasta una idea, pero también puede convertirse en una presencia innecesaria. Una reflexión sobre cuándo el «yo» ilumina el pensamiento, cuándo lo distrae y por qué su valor depende menos de su frecuencia que de la función que cumple en el texto.
