El uso del «yo» en el ensayo

La primera persona puede acercar un ensayo al lector, hacer explícita una posición intelectual o mostrar el recorrido que conduce hasta una idea, pero también puede convertirse en una presencia innecesaria. Una reflexión sobre cuándo el «yo» ilumina el pensamiento, cuándo lo distrae y por qué su valor depende menos de su frecuencia que de la función que cumple en el texto.

La ley de los ángulos

En el salón aún suspendido en esa frontera entre cuerpo y conciencia, Albert Einstein propone una lectura inesperada de la caída: no crimen, no poesía, sino estadística. Un evento atípico dentro de una trayectoria larga de pequeñas rendiciones invisibles. Frente a la ironía de Oscar Wilde, la serenidad clínica de Viktor Frankl y la lucidez oblicua de Virginia Woolf, la conversación se desplaza del porqué al después. La caída deja de ser símbolo o drama para convertirse en medición: ángulos, trayectorias, curvas previas. Jane Austen y Mary Shelley cierran el círculo al unir carácter, voluntad y resistencia a la entropía. Cuando el cuerpo empieza a responder, Lauren descubre que levantarse no es negar el suelo, sino recordar su peso. A cuarenta y cinco grados —ni caída ni vertical— encuentra el punto justo desde el que mirar el horizonte sin olvidar de dónde viene.