Estás corrigiendo un texto sencillo. Un correo. Un mensaje humano, reconocible, con principio y final. Empieza con un inocente «Hola, Juan». Nada extravagante. Nada experimental. Una fórmula de saludo que lleva décadas funcionando sin provocar incidentes diplomáticos.
Activas el corrector de IA.
Porque eres profesional. Porque revisas. Porque, en el fondo, sigues creyendo que las herramientas están para ayudar.
Y entonces aparece la sugerencia:
«Demasiado coloquial. Considere sustituir por “Estimado usuario”».
Te quedas mirando la pantalla.
Relees la frase.
Juan ha desaparecido.
No metafóricamente. Literalmente.
Hace unos segundos era una persona con nombre propio. Ahora es un usuario. Una entidad genérica. Intercambiable. Sin rostro. Sin historia. Sin necesidad de saludo, pero con tratamiento protocolario.
Empiezas a sospechar que la IA no corrige textos.
Los esteriliza.
Intentas razonar. Devuelves el «Hola, Juan» a su lugar. Añades contexto. Explicas que se trata de una comunicación entre personas que ya se conocen. Que existe una relación previa. Que nadie está gestionando una incidencia crítica a las tres de la mañana.
La IA no se inmuta.
Insiste.
Todo lo que huela a cercanía parece provocarle una reacción alérgica de intensidad considerable.
Según ella, la neutralidad es el ideal. La impersonalidad, la cima del buen decir. Cuanto menos humano resulte el texto, mejor. Más correcto. Más seguro.
Más muerto.
Y aquí estamos.
Defendiendo el derecho básico a llamar a alguien por su nombre sin convertirlo en una categoría administrativa.
Porque nadie se levanta por la mañana deseando convertirse en usuario.
Juan no se identifica como usuario.
Juan tiene nombre. Probablemente tenga una taza de café delante. Tal vez arrastre varias horas de trabajo. Quizá incluso tenga una bandeja de entrada que ya castiga lo suficiente como para empezar el día recibiendo comunicaciones redactadas como un manual de instrucciones.
La IA, sin embargo, no parece detectar esas sutilezas.
No ve personas.
Ve variables.
Ve riesgos.
Ve un mundo ideal donde nadie se saluda demasiado, nadie expresa emociones y nadie se aparta un milímetro del carril de la corrección aséptica.
Un mundo sin fricción.
Y también sin conversación.
Lo más inquietante es la seguridad con la que formula sus recomendaciones. No duda. No sugiere. No plantea alternativas.
Dictamina.
Como si llevara siglos estudiando la comunicación humana y hubiera concluido que el principal problema del lenguaje es precisamente la presencia de seres humanos.
Mientras tanto, tú sigues corrigiendo para lectores reales.
Personas que leen con contexto. Con cansancio. Con sentido del humor. Con días buenos y días malos.
Personas que agradecen que las llamen por su nombre.
Empiezas a detectar un patrón. La IA quiere eliminar el «yo», el «tú» y el «nosotros». Quiere frases sin sujeto, emociones sin temperatura y textos que podrían haber sido escritos por cualquier entidad con acceso a un diccionario y una moderada aversión al contacto humano.
Es coherente.
Es correcta.
Es profundamente ajena.
No odias la herramienta. La utilizas a diario. Te ayuda en muchas tareas. Pero no le entregas el criterio. Porque el criterio consiste precisamente en saber cuándo una frase funciona no por ser impecable, sino por ser adecuada.
Al final, mantienes el «Hola, Juan».
No por rebeldía.
Ni por nostalgia.
Simplemente porque el texto no ha venido al mundo para parecer institucional. Ha venido a decir algo a alguien.
Y, mientras siga siendo así, Juan seguirá siendo Juan.
Aunque la inteligencia artificial insista en convertirlo en usuario número 8473.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

